Quito: el pequeño mundo de la escuela “Yachay Wasi”

anna3de Annagrazia Graduato

Todas las preocupaciones y los rostros del pasado de repente dejan de existir, y yo estoy completamente involucrada en el momento presente que se está abriendo en frente de mi, con todas sus diversidades y sus nuevas oportunidades que en estos primeros días de estancia en Ecuador estoy recibiendo. Y el presente está hecho de calles congestionadas por el tráfico, animadas por los claxon de los carros y música reggaeton, nuevos olores, no siempre agradables, que acechan las narices, el mareo debido a la altura, rostros quemados por el sol de la sierra andina. A recibirnos en una de las casas de los voluntarios de Quito es Omar, quien fue nuestro cocinero, durante la formación específica que hicimos junto a los voluntarios de Tena y Santo Domingo de los Colorados.

Así, nuestro primero contacto con la cultura ecuatoriana pasa por la boca: el sentido del gusto es estimulado y satisfecho por platos como quinoa, nachos, caldos, guacamole, fruta tropical de cada tipología y color, plátano y chocolate puro 100% que Omar muele orgullosamente bajo nuestros ojos curiosos. Como remedio para el dolor de cabeza nos ofrece “panela”, un néctar crudo de azúcar morado al sabor de regaliz que probamos con gusto para recoger las fuerzas después del largo viaje. El tiempo pasado juntos durante la formación nos une más, el espacio compartido es poco, pero tenemos la gana de quedarnos juntos. Cada día más el cansancio tiene ventajas sobre nosotros y nos dormimos pronto, los unos al lado de los demás, listos, el día siguiente, para abrir nuevamente nuestros ojos sobre las infinitas lomas de nuestra nueva ciudad. Creo que no voy a olvidar fácilmente la primera vez que cruzamos Quito: el impacto con la ciudad fue fuerte, los autobuses que nos llevaban hacía el sur de la ciudad se encaramaban en las lomas y nos hicieron sobresaltar, las mujeres indígenas con trajes tradicionales vendiendo cada tipo de fruta y verdura al lado de las calles nos miraban con cara sospechosa y las muchedumbre de casas coloradas nos desorientaban. El autobús, de mañana temprano, corre rápido por las calles de Quito. Casi no se para, ni siquiera para las personas que deben subir. Solo el chófer se pone por la ventana invitando la gente a salir y subir gritando “¡Sigue sigue!”. Una vez en el autobús, las portas no se cierran y se quedan abiertas, permitiendo a los numerosos vendedores de la calle de subir para ofrecer a los pasajeros sus dulces en cambio de un dólar.

anna2Cada mañana nos despertamos a las cinco y media para dirigirnos a San José de las Monjas, uno de los barrios en el sur de la capital. El espectáculo que se presenta en frente de nuestros ojos es mucho más diferente del centro o del barrio universitario en el cual vivimos: edificios ruinosos, cables colgados en las paredes, perros callejeros por todos lados y un conjunto de edificios abandonados y no terminados revelan la pobreza y las condiciones de marginalidad de sus habitantes. Es en este mismo barrio en que se encuentra la escuela “Yachay Wasi”, en donde tendré que trabajar para el próximo año con otros dos voluntarios italianos con los cuales he compartido diez días de formación y con los cuales seguiré compartiendo una grande casa cerca de la “Universidad Central”. Interesados por los diferentes aspectos del proyecto, juntos logramos a poner en común nuestros conocimientos para ayudarnos y completarnos. Quien es en búsqueda de si mismo, quien con la gana de ponerse en juego y vivir una experiencia fuera de los esquemas, nos encontramos unidos por los desafíos que se presentan desde los primeros días. Entre la dificultad de no entender todo lo que se dice, horas pasadas en la huerta, la grande tarea de coger un autobus que nos lleve a la casa después de nos haber equivocados varias veces y la necesidad de relativizar el concepto de tiempo, asegundando los ritmos latinos, empezamos casi a sentirnos como una verdadera familia. También la Escuela es un pequeño mundo manejado por una familia: apenas entramos nos acogen los “Mashis” (palabra kichwa, como aprenderemos, que significa compañero y no profesor, como imaginábamos) Fernando y Laurita, pareja indígena otavaleña de la sierra que desde hace veinte años dedica todos sus esfuerzos para valorar una educación alternativa, sustentable y paritaria. Nos invitan a entrar y nos presentan los otros mashis, los vecinos y los otros miembros de la familia que viven cerca de la escuela o trabajan en la mercería al lado. Todos nos hacen sentir sus apoyos y cercanía: las dudas y la agitación inicial desaparecen inmediatamente. Hablamos de Italia, de nuestras familias y nuestros hogares, de lo que hemos dejado, sin arrepentimiento ni nostalgia, solo para ofrecer algo en cambio, como unas pequeñas frases en italiano a estas personas que nos están abriendo su mundo. De hecho, apenas entramos en la pequeña escuela, nos parece de estar en otro universo: techo de madera, niños por todos lados y la grande “chakra”, la huerta desde la cual se puede aprovechar de un maravilloso panorama de los Andes y de la ciudad de Quito. La chakra no es simplemente una huerta, sino el símbolo vivo y tangible de la resistencia kichwa por la soberanía alimentar y la perdida de la sabiduría ancestral: todos los mashis de la escuela luchan cotidianamente en contra de las consecuencias nefastas de la modernidad y del capitalismo, como la perdida de muchas tradiciones y del idioma que les transmite, el kichwa, de la polución, la mala alimentación y las enfermedades del bienestar como el diabetes y la obesidad. Percibo que es un lugar en el cual me siento cómoda, compartiendo y luchando por los mismos valores: espero a lo largo de este ano de dejar mi pequeña contribución a esta importante misión.

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Cada mañana, desde las siete y cuarto, nos reunimos para danzar en el patio. Practicamos lo que Mashi Laurita define “calentamiento”, que en realidad, como ella misma nos explica, “es una manera para construir recuerdos que hagan parte de un tejido cultural que los niños se llevaran con si mismos para toda la vida, para que, cuando crezcan tengan siempre la memoria de la música que bailaban en Yachay Wasi, entre una mezcla entre ritmos indígenas, salsa costeña y música de la Amazonía. La música que escuchamos por la mañana refleja la misma mezcla étnica que desde siempre caracteriza la escuela: en las clases y en los corredores se encuentran niños indígenas de la sierra, afrodescendientes y mestizos, con todos los diferentes acentos y costumbres. El lunes y el viernes, por ejemplo, son días en los cuales los niños son invitados a vestirse con sus propios trajes tradicionales. En las actividades didácticas, yo soy encargada de enseñar todas las asignaturas de quinto año, mis alumnos tienen entre los 9 y 10 años y se llaman Jelly, Jairo, Valentina, Veronica, Carolina, Sayri, Marcos, Sarita y Patricio. Vienen de diferentes pueblos de la sierra, del Cotopaxi, de la costa y unos de Colombia: Yachay Wasi está abierta para todos, dado que desde su empiezo siempre ha dado prioridad a un modelo de educación intercultural e inclusivo. Me pregunto cosa trajo esos niños a Las Monjas y sobretodo en esta escuela tan especial, quisiera conocer sus historias, encontrar sus familias. Por el momento, me limito a observar y comprender sus diferentes personalidades, tratar de entrar en empatia con cada uno de ellos, a pesar de la gran diversidad y vivacidad que demuestran durante las clases. No es siempre fácil y los primeros días fueron bastante duros: como se aprende de la experiencia, es en los primeros días que los chicos tratan de medir la paciencia del profesor o del educador, para entender cuales serán los limites entre los cuales pueden agir. Es comprensible que los chicos vean el “mashi” italiano que no habla bien español, como una ocasión mas de diversión y destrucción de las reglas, sin embargo trato de organizar clases interesantes, interactivas y lúdicas: les introduzco al yoga, alternando momentos de aprendizaje con momentos de juegos. Además, no hay verdaderas reglas en Yachay Wasi: casi nunca se respetan los horarios y las tareas cambian de hora en hora y los chicos pasan de una clase a la otra o se paran en el patio para jugar. Aunque los chicos tengan un código de conducta, de hecho los mashis aspiran mas bien a concientizar y independizar los alumnos de la escuela. Tengo la impresión que todos sean más maduros de muchos chicos europeos de la misma edad que conocí: ellos saben diferenciar entre las plantas comestibles y las medicinales, manejar la huerta y encargarse de la limpieza cotidiana. Cavan descalzos porque “la tierra cuida” como enseña la planta de ortiga, utilizada como remedio y terapia purificadora. Durante las clases de cocina, mashi Laurita nos acompaña a recoger la ortiga de utilizar como ingrediente para preparar tortillas y nos explica todas las propiedades curativas que tiene pidiendo a uno de los chicos de golpearse las rodillas. Serena, una de los estudiantes, es impasible, se levanta la falda hasta las rodillas para ortigarse sin miedo, mientras que Alejandro cumplió el orden por unos interminables minutos. En seguida, me di cuenta de haber tomado parte en algo especial, siento los ojos profundos de mashi Laurita mirarme, para comprobar mi capacidad de ir más allá de lo ordinario y de aprender cosas que salen de los cánones europeos. O, mas bien, los completan: la filosofía de Ishkay Yachay, literalmente “las dos sabidurías”, que representan la perfecta combinación entre cultura contemporánea y conocimientos ancestrales, objetivo especifico de Yachay Wasi.

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Cada vez que salgo de la escuela, regreso a la dura realidad del barrio de la capital ecuatoriana. De las tiendas vienen las canciones pop de Navidad que me acuerdan que estamos en Diciembre, que por el fuerte sol había casi olvidado. Las tardes, a veces, se inundan de lluvia torrencial y el calor ecuatorial deja el lugar al fresquito de la montaña. El aire de Quito hubiera sido mas fresca de lo que es si no fuese por la polución que corta el respiro y quema los ojos. Los gases de escape de las autos son negros y las calles sucias. La ciudad se extiende a perdida de ojo en las montañas, parece casi que quiere involucrarla mas: las habitaciones de todos los colores del arcoiris trepan las lomas, como consecuencia del desarrollo urbano que hizo expandir la ciudad sin limites. Por suerte, mañana estaré otra vez en Las Monjas, en donde podré descansar y respirar un aire mas sana a Yachay Wasi, organizar talleres de arte y cocina, recolectando plantas de la huerta, ensenar en un tatami, jugar fútbol en el polvo y descansar trabajando en la chakra, escuchando las historia y los consejos de mashi Laurita y Fernando, siempre guiados por los espíritus de los abuelos, que antes de irnos nos susurran de “limpiar la azada, o los espíritus no nos dejaran descansar”.

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