“Virdi samay. Ñukanchi makibi tian”. Respiro verde. Está en nuestras manos.”

de Giada Ferraris

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Ecuador es uno de los 17 Países al mundo definido como “mega diverso”, con la más alta concentración de biodiversidad por km2. Además de la diversidad natural, ofrece también una impresionante diversidad cultural: en la Región Amazónica ecuatoriana viven alrededor de 750.000 indígenas que pertenecen a más de 12 grupos étnicos diferentes. La mayoría de las concentraciones de poblaciones indígenas se encuentra en la Provincia de Napo (56,8%) donde, como Cuerpo Civil de Paz ocupada en el proyecto Apoyo a las Poblaciones Indígenas del Ecuador y Prevención de Conflictos Ambientales, me encuentro a operar con ENGIM InternazionaleEn la Provincia del Napo el 96% de la población indígena es representada por la étnica kichwa, sumamente ligada a la Madre Tierra (Pachamama) y a la naturaleza que es considerada como única fuente de poder y vida. Por estas comunidades el concepto de territorio va más allá del espacio geográfico y de las formas legales de propiedades: el vínculo con la tierra y la naturaleza representa un relación económica y cultural imprescindible.

En el Cantón Tena, donde está ubicada la sede del proyecto ENGIM “Casa Bonuchelli”, las familias kichwas se dedican principalmente a las actividades agrícolas que juegan un rol importante en la conservación de la biodiversidad. Sus cultivaciones están manejadas mediante un sistema tradicional de producción, conocido como “chakra”: un espacio productivo considerado amigable con el ambiente porqué implementa el utilizo de técnicas orgánicas e incentiva la presencia de diferentes especies adentro del mismo espacio de producción (árboles maderables, frutales, a ciclo corto, medicinales, artesanales, ornamentales). La finalidad de este espacio es permitir una producción equilibrada y sostenible, destinada principalmente al consumo familiar, garantizando la soberanía y la seguridad alimentaria de estas familias kichwas que muchas veces, a causa de su exclusión social, no logran obtener otras fuentes económicas. De hecho, la Amazonía ecuatoriana ofrece también mucha desigualdad social: no obstante la riqueza de la región, el 70% de la población indígenas vive en condiciones de pobreza. Para salir de esta situación los agricultores dejan de utilizar las prácticas ancestrales para perseguir lógicas comerciales y de mercado que requieren altos niveles de producción agrícola. Resultados obtenibles sólo con sistemas intensivos de monocultivos que no son sustentables en la Amazonía para las características intrínseca del suelo, obligando al utilizo de pesticidas y fertilizantes químicos, abandonando la biodiversidad agrícola en favor de pocas especies que responden a la demanda del mercado.

Otro problema que amenaza el equilibrio ambiental del Tena es la producción y el manejo de las 45 toneladas de residuos producidos al día. La recolección diferenciada no existe y el sistema de recolección de residuos resguarda solamente el 54% de las áreas rurales, zonas en las cuales están ubicadas las comunidades indígenas; además la escasa eficiencia en la recolección de los residuos causa que el 23% de la población declara de botar la basura en terrenos abandonados, quemándola o arrojándola al río. A esta situación ya complicada se añade el fenómeno del cambio climático que tiene importantes consecuencias en el territorio amazónico. Las precipitaciones siempre más fuertes e intensas, junto al estado comprometido de las orillas de los ríos debido a la deforestación, han causado diferentes aluviones en Tena, la última en septiembre 2017 que ha ocasionado un muerto, 2.000 desplazados e importantes daños económicos. Las lluvias intensas, junto con el aumento de las temperaturas y a vientos siempre más fuertes, afectan gravemente también los cultivos, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria de las familias kichwas.

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Ese proceso de degradación ambiental que, gracias a esta experiencia, he podido conocer y profundizar más podría ser limitado a través de la educación ambiental. Por esta razón en estos meses de voluntariado, juntos a mis compañeros Cuerpos de Paz, hemos organizado y realizado talleres de sensibilización ambiental con enfoque en esas tres temáticas que, como hemos visto, más están afectando ese territorio: “Gestión de los residuos”, “Cambio climático” y “Huerta/chakra escolar y biodiversidad”. En particular hemos decidido, con el apoyo del Ministerio de Educación, de añadir estos cursos de educación ambiental en los Proyecto Escolar y de dirigirlos a los docentes del Distrito 15D-01 porqué los profesores son los que más que nadie tiene la oportunidad de impartir a las generaciones del futuro y sus familias. Poder trabajar con ochentas profesores que enseñan en realidades tan diferentes y únicas desde la que estamos acostumbrados fue verdaderamente emocionante, pero con dificultades.

Si para el tema de gestión de los residuos hemos encontrado una buena base de conciencia y abertura, ha sido un verdadero desafío hablar de cambio climático. ¡De los profesores participantes casi nadie había escuchado sobre ese tema y lograr transmitir la importancia y las consecuencias actuales, pero sobre todos futuras, de este fenómeno mundial y nuestras responsabilidades diarias no fue algo simple! Pero las solicitudes, en los días sucesivos al curso, de más informaciones o de videos sobre el tema nos dio la esperanza que, al menos un poco de curiosidad, logramos transmitirla.

La formación sobre las huertas orgánicas o las chakras escolares y sus instalaciones en las unidades educativas nos dio la oportunidad de ver con nuestros ojos los contextos en los cuales están insertadas las escuelas, que pertenecen al mismo Distrito Escolar: realidad muy diferentes entre ellas. Desde pocos metros cuadrados de espacio verde en las escuelas del centro ciudad hasta a algunas hectáreas de disponibilidad en las escuelas de las comunidades indígenas. Desde las escuelas alcanzable solamente en pocos minutos a pie o en poco tiempo en bus a escuelas aisladas a la cual se puede llegar solo con transporte privado o caminando, escondidas en pequeñas comunidades en el medio de la selva. Desde unidades educativas con 200 estudiantes a escuelas con 16 alumnos y un profesor. Desde el cemento de la ciudad a la naturaleza dominante. Un viaje único y de grande crecimiento. Pero también de felicidad cuando, pasados los tres meses desde el finalizar del curso, en las visitas de monitoreo de las huertas/chakras escolares hemos podido ver los primeros resultados: el terreno en orden, sembrado, las primeras hojas, el sistema de compostaje activo, los niños sonrientes y los cuentos de los profesores sobre la participación de los padres de familias en la preparación del espacio y de la siembra. De hecho, un objetivo de ese proyecto es que la escuela se transforme en un pequeño modelo de producción orgánica pero no solo. Gracias a algunas variedades de arroz y maíz donadas por INIAP (Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria) que se pueden volver a sembrar, la chakra de la escuela se transforma en un pequeño espacio de reproducción donde las familias de los alumnos beneficiarios pueden aprovechar de estas semillas para volverla a sembrar y difundir, ayudando en la lucha a la soberanía y seguridad alimentaria de estas familias.

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Desde esta experiencia he aprendido mucho de las personas que he conocido y de las realidades que he visto, probablemente he recibido más de lo que he dado. Solo estos profesores y estos alumnos, para mi inolvidables, podrán decir que han aprendido en nuestros cursos de educación ambiental, pero yo puede decir lo que ellos me han transmitido a mí.
El “verdi samay”, el respiro verde de la selva, nos permite respirar, vivir.
No deberíamos pensar que los problemas ambientales son algo lejanos a nosotros y que sus soluciones estén solo en tecnologías del futuro y con eso justificar nuestras acciones, o no acciones, del presente. Muchas respuestas no están en las investigaciones del futuro si no en la sabiduría del pasado, de nuestros ancestros, que sabían vivir en harmonía con el ambiente y que de él sacaban alimentos, fuerza y energía, respectándolo.
Si “verdi samay” se enferma o muere, con él la vida termina.
“Virdi samay. Ñukanchi makibi tian”. Respiro verde. Está en nuestras manos.
Y yo espero que, las manos de las personas que han recibidos los talleres de educación ambiental sean un poco más fuertes para defender la selva, su biodiversidad, el ambiente. La vida. Mis manos, gracias a esa experiencia lo están por cierto.

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